
Música de Cámara
Des-velar. Traer a la superficie una imagen, qué fantasmagórica, supone una premonición. Este es el espacio que habita la obra de Clara de Tezanos. Música de Cámara se presenta como una composición instalativa, escenas reunidas en una oda coreográfica donde cada pieza se dispone a susurrar un relato oculto.
La obra de Clara se construye a partir de una pregunta persistente sobre cómo continúan existiendo las cosas cuando las circunstancias que las han hecho posible han desaparecido. Su trabajo se despliega hacia un territorio donde la ficción deja de representar un mundo para comenzar a hacer posibles otros mundos. En sus escenas-instalaciones, habita la tensión entre presencia y registro, entre imagen y aquello que la excede.
Los estudios fotográficos construidos por Clara se deslindan de la búsqueda de una realidad estable, de la reconstrucción nostálgica de pasados re-encontrados, para abrirse a la fricción entre la presencia y la ficción, entre el estar ahí de mundos dispersos en el tiempo y el anhelo de alcanzar aquello que nunca termina de comparecer. Las formas parecen haber llegado desde otro lugar, a la espera de un acontecimiento vibrante que aún no sucede.
La interrupción de las formas olvidadas, dejadas al tiempo, abre una atención hacia las relaciones posibles entre las cosas, entre las personas, entre los tiempos. Música de Cámara surge de un anacronismo, de migraciones fuera de temporada; una indagación en torno a la pulsión incesante de lo que puede llegar a ser, y que, de alguna manera ya está sucediendo. Un desmontaje de lo que aparece y desaparece, de lo que vive y lo que muere, de lo que se olvida y persiste; ficciones anhelantes, difuminadas en un presente denso.
Esta transformación ocurre en los materiales; fragmentos de objetos, vestigios, restos de materialidades son separados, diseccionados, leídos y releídos, construídos y reconstruidos como veladuras que dejan aparecer y desaparecer aquello que contienen. Los fondos fotográficos cianotipos guardan, en la rugosidad de su materia, las huellas frágiles de los acontecimientos, como si en ellas persistiera el gesto de una invocación. La imagen se desborda entonces de sus propios límites y queda abierta a lo posible, a lo imaginado, a lo que está por aparecer.
La intervención de los vitrales y los objetos encontrados trae consigo otras formas de estar; superficies impregnadas de los trazos invisibles de otros tiempos que, en su proximidad, dejan aparecer murmullos, cantos, rezos, como si las cosas conservaran una potencia imaginativa que no termina de hacerse visible. Una evocación.
Desarmar es también des-amar. Separar aquello que creíamos conocer, interrumpir la continuidad que lo mantenía unido a una historia para volver a ponerla en circulación. Clara desmonta, construye, encuentra, fragmenta, ensambla, dispone y vuelve a mirar. En ese movimiento, las cosas no necesariamente pierden su forma; pierden la obligación de coincidir consigo mismas, y dejan aparecer posibilidades que permanecían ocultas mientras seguían dentro de la historia que las había fijado.
Ya no sabemos si estamos frente a restos de una historia, fragmentos de un mundo o indicios de algo que todavía no ocurre. Quizás no importe. Hay algo en esa incertidumbre que las mantiene juntas, como si cada objeto conspirara con los otros para dejar-se ser en permanente transformación; escenas pertenecientes a un tiempo extraño donde las cosas pueden volver a comenzar.
Andrea Dardón
























