MÁS ALLÁ DE LA METÁFORA: UN ENCUENTRO CON DIANA DE SOLARES

Hace algunos años presencié una instalación que Diana de Solares expuso en el marco de la Bienal de Arte Paiz. Noté la evidente abstracción de la obra, su decisión de apartarse de lo figurativo e incluso de la metáfora. Lo que yo podía percibir era una búsqueda de la armonía geométrica, la intención de ocupar el espacio con un sentido muy arquitectónico. No me cabe la menor duda de que estos siguen siendo rasgos fundamentales de la obra de Diana y que, juntamente con la palabra “elegancia”, se han asociado a ella por diversos críticos que la han comentado. Queriendo ir más allá de lo evidente, en aquella oportunidad cometí el error de interpretar la propuesta como una búsqueda de lo ideal, un alejamiento de la encarnación con todos sus dramas. Pero mis comentarios de aquel entonces pecaron de obvios y se quedaron en la superficie.

 

En fechas recientes, tuve varios encuentros con la artista y nuestras intensas conversaciones abrieron para mi mirada un pequeño agujero por dónde atisbar en la complejidad de una propuesta que ostenta una simplicidad engañosa. Pude comprender que nada más lejos de la intención de Diana que la búsqueda del ideal platónico. La abstracción en su obra es el resultado de un acercamiento (a la vez voluptuoso y reflexivo) no al ideal, sino a la materia, a lo concreto, a la experiencia del mundo que entra por las puertas de la percepción hecha color, masa, forma, objeto, brote de vida, espacio y que, en este afán, intenta escapar del peso de la interpretación. Nos propone la apreciación sensorial, fenomenológica, de la realidad física, palpable y presente, en la cual estamos inmersos pero que no logramos sentir porque nos relacionamos no con las cosas sino con nuestra idea acerca de ellas, es decir, cargados de ripio mental.

 

De repente me arrebata el asombro. ¿Puedo experimentar el color por sí mismo, sin atarle ningún otro peso a mi sensación? ¿Puedo apreciar la forma sin añadirle significados? ¿Puedo tomar una roca en mis manos y percibir el milagro de su corporeidad desnuda? Evidentemente a los humanos nos atrapa el mundo de la imaginación, la acechanza perpetua de la connotación, la búsqueda de esa equiparación significativa que es la metáfora. El cuerpo utópico del que nos habla

Foucault reina, nublando la presencia implacable del cuerpo material, un cuerpo que en gran medida desconocemos. Y es esa corporeidad, sus relaciones, el espacio que ocupa donde se afinca la honda reflexión que nos propone la artista.

 

Todas las cosas que crecen flotarán como partículas de polvo en el aire, es una exhibición gozosa. En ella Diana nos invita a una liberación sensorial. Y esto no es

decir poco. El resultado de esta práctica inusual es una pureza en la percepción difícil de alcanzar y que devuelve al mundo su intensidad y la perdida emoción de existir. Ecuanimidad es pureza, reza una enseñanza del Buda. Y si alguna vez se ha dicho que la obra de Diana es “elegante” quizá lo que quiere nombrarse de manera en extremo precaria es la ecuanimidad que ostenta frente a la materia que nos presenta en su forma inocente y llena de júbilo, justamente un segundo antes de que la tiña el juicio de valor, la interpretación, la historia, que no son sino construcciones del lenguaje humano. La obra de Diana nos conduce a que ese segundo de asombro ante lo que es se expanda y nos embargue.

¿Está su propuesta libre de drama? Me parece que no. Más bien ahonda en dramas inéditos. Los de un mundo que sigue siendo deslumbrante cuando no se contamina con el lenguaje gastado de las palabras. Los de otros lenguajes inenarrables a los cuales somos ajenos. Ella nos llama a romper la distancia, a balbucear idiomas olvidados que pueden tender puentes con las cosas que nos rodean, como lo hicieron nuestros ancestros en el mágico mundo de los mitos, de los ritos, de la danza. Nos llama a recordar ese mundo anterior donde no estábamos afuera, sino adentro de lo que existe. Por eso, hay algo muy primario y arquetípico en la obra de Diana de Solares. Desnuda el más profundo drama que nos embarga: el aislamiento, la soledad que nos provoca la incapacidad de asir lo que es. De contar únicamente con la puerta del arte para adentrarnos en un agujero negro que nos devuelva a la emoción, a la irracionalidad de existir.

 

Carol Zardetto