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GABRIEL RODRÍGUEZ PELLECER
10 de septiembre - 02 de octubre 2015

Surge la imagen de un momento imaginario en un futuro imaginado.  Pensar en mi cuerpo pensando en un momento pensado por alguien más.  Un momento que se asoma con toda la investidura de lo real, pero diluido entra el acervo infinito de las formas fabricadas por la mente. Luego viene otra que desplaza absolutamente a la primera imagen.  Aunque en un futuro la imagen vuelva a resurgir, aunque se desvanezca con el más leve soplido.

La imagen que acudió a mi cabeza es la de un paisaje africano con múltiples animales sedientos y apestosos a salvajismo, pero entre los animales se mezclan piscinas más bien cosmopolitas de celeste rudo como imitando agua, como clorificando la realidad.  La imagen está ya sumada a mi inconsciente y es la imagen de un collage de Gabriel Rodríguez.  Lo vi en el pasado y en un tiempo futuro regresa a mi cabeza, y quizás es a través de su legibilidad casi perversa que la imagen comparte espacio en mi mente con las cosas verosímiles que conforman la materia de nuestro imaginario. Seguro volverá a surgir la imagen y estaré concentrado en otro momento.  La imagen se asumirá como real, legitima, con la megalomanía de un momento onírico.

La tarea de la comunicación visual en el presente adquiere un inconsciente estado de dificultad cuyo modelo de formulación es progresivamente retador.  Las herramientas que los medios digitales nos brindan día a día convierten a todo ser humano en un potencial generador de imágenes capaces de competir en formatos estéticos con las creaciones de los más grandes eruditos de la forma plástica. Asimismo, la realidad que se vive en el mundo es cada vez más compleja en su mezcla de absurdidad y demencia, lo cual provoca que la imagen visual creativa pueda caer en un mero ejercicio inútil, en decoración barroca, en farsa aplaudida.  Adquiere entonces una fuerza particular el trabajo de los artistas que parten de ideas concretas y análisis intuitivos capaces de sintetizar con simpleza las gracias que nos presenta el mundo en su estado de real.  Ideas, conceptos, abstracciones simples que se obtienen del medio en el que se desarrolla la vida, es el mundo que perdura tras el intento de hacer arte.  Es el espacio dónde ubico a Gabriel Rodríguez y su trabajo que raya a veces entre lo rudimentario y lo sofisticado.

Gabriel es un artista que trabaja incansablemente, y en su labor de obrero se siente un aire a sudor de búsqueda y experimentación.  Hasta antes de conocer los matices de éste trabajo (Turismo), Gabriel era para mí un artista capaz de interpretar la complejidad del mundo con rasgos geométricos, primarios y simples. Es por eso que sorprende contemplar un desplegado de collages que mezclan toda esa estética de revista glossy en un formato de recorte, tijera y pegamento.  Y lienzo y bastidor, y pared y galería. Espectadores y ambientes, y mundo.  El resto… 

El collage no es una técnica innovadora.  El photoshop en si se basa en la técnica del collage (sobre posición y combinación de planos individuales) para la formación de imágenes compuestas, y casi perfectas.  Por lo tanto, con extrañeza examiné los collages de Gabriel para luego sorprenderme con cada uno de ellos y cayendo en cuenta que lo que Gabriel intentaba hacer a través de éste ejercicio no era generar imágenes complejas, sino ironizar al ser humano en su actitud de soberano en un mundo convulso.

Gabriel barniza su trabajo con el concepto Baudilliardiano de la Hiper realidad trasladando las imágenes que sus collages generan al plano de un mundo fabricado por mentes y comunidades formuladoras de un estatus paralelo que nos mantienen aletargados entre el deseo, el consumo y el espejismo.  Claro, las imágenes que conocemos a través de los collages de Gabriel resultan ser personajes, paisajes y desafíos cuya esencia navega entre el humor y el sarcasmo para mostrarnos un mundo absurdo, pero hay una dosis de trabajo artesanal implícito en el trabajo de Gabriel que nos contagia la capacidad del ser humano de ser veraz, de retar al fatalismo, de convencernos a través de los ojos que en la ergonomía de nuestra propia identidad se encuentra la clave para resolver nuestros enigmas cotidianos. 
 
Sigue presentándose en mi mente las imágenes que Gabriel fabricó.  Atando polos e hilvanando mundos dispares.  Retando jerarquías y haciendo que el subalterno triunfe sobre el poderoso mientras lo fragmenta y lo convierte en un accesorio más de la estupidez.  Y me doy cuenta que Gabriel no deja de ser el artista que alimenta su trabajo a través de la exploración del concepto, simplemente está jugando con nuestra mente, llevándola a ese plano de híper realidad que nos hace comprender mejor el mundo, no porque Gabriel se expresó de manera legible, sino porque nosotros mismos estamos adiestrados a sentirnos cómodos con el engaño.

 

Alejandro Paz

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